Busto de Píndaro, Museo arqueológico de Napoli

 

“No
hay que sembrar con el saco, sino con las manos.”

Corina
de Tanagra a Píndaro, después de vencerlo

 

Pensemos en
Píndaro, un poeta de la Tebas del Siglo V a.C., época en la que se unificaran varios
cantos, tragedias, comedias y se extendiera la lengua común (koiné) entre lo
que llamamos “los griegos”. Recordemos la primera clase de historia: lo que
llamamos Grecia son cientos de islas y puertos en los que se desarrolló una civilización
a través de las guerras y el comercio. Algunos historiadores datan la mal
llamada fundación de Grecia en el 776 a.C., con la celebración de los primeros
Juegos Olímpicos. Pero hablamos de pueblos con dioses y rituales diferentes que,
al entrar en contacto, se asimilan o se combaten a muerte; pensemos que la
guerra de Troya fue alrededor del año 1100 a.C. y en La Ilíada, que fuera
compuesta tres siglos después, Homero nos presenta una enorme metáfora de la
compleja y rica visión de una civilización en éxtasis. Pero Píndaro es de
Tebas, en Beocia, y sus vecinos no se la llevan bien con
los atenienses. Sin embargo, el poeta sí se la lleva bien con ellos y esto es
algo asombroso, pues una vez llamó a Atenas “celebérrima, espléndida, gloriosa
y baluarte de Grecia”, por lo cual los tebanos lo multaron con mil dracmas. Dicen
que los atenienses, al saberlo, recompensaron al poeta con el doble de la
multa.

 

Los griegos
amaban las disputas, lo que llamaban agón, que en castellano heredamos en
palabras como diagonal y agonía. Cuando pensamos en olimpismo y en filosofía
queremos creer que el agón sólo es la disputa sin odio, la ideal, la moderna.
Nos gusta suponer que únicamente existían disputas por rivalidad deportiva,
como lo vemos hoy desde la deconstruida moralidad cristiana. Pensemos que la
moral era diferente en el mundo pagano, así como la religiosidad que lleva
consigo el acto de disputarse por algo. Es una época en la que los dioses están
en la naturaleza y los poetas celebran el esplendor de su fuerza, aunque sea
cruel y descarnada. Píndaro fue un poeta que casi siempre quedó de segundo en
los certámenes y esto también es algo destacable. Decía el míster Luis Aragonés
a sus seleccionados españoles que nadie recuerda al segundo, pero nosotros
recordamos ahora al poeta que perdiera con Simónides, su maestro. Píndaro
también fue vencido en cinco ocasiones por Corina de Tanagra y este es uno de
los símbolos de su biografía que contemplaremos. Cuentan que Corina, discípula
de Mirtis, criticó la poesía de Píndaro por no hacer referencias a los mitos.
En una siguiente competición el poeta llenó su canto de alusiones a los dioses
y también perdió. Entonces Corina le dio una enseñanza que te invito a meditar
para que aprendamos a escribir mejores discursos: “no hay que sembrar con el
saco, sino con las manos”. Por lo cual podemos decir que Corina fue su maestra.
 


Corina de Tanagra, por Frederic Leighton


Cuando leemos un
mito griego o la biografía de un personaje del mundo antiguo debemos desconfiar
del nivel de interpretación en el que nos encontramos, pues los mitos dicen lo
que es, pero en diferentes niveles de sentido. La poesía es así: dice y no dice
lo que es. Por ejemplo, cuando leamos que un Dios sedujo o violentó a una Diosa
o Ninfa, pensemos en el hecho carnal, por supuesto; pero también pensemos que
muy probablemente el mito nos habla del cambio de religión que hubo en un
pueblo, cuyo templo pasó a ser regido por otros sacerdotes. Existe un dato
mitológico sobre Píndaro: cuentan que, de niño, un enjambre de abejas formó en su
boca un panal de dulcísima miel, lo cual presagiaba su “futura preeminencia
sobre los poetas líricos de todos los siglos y países” (Nota de Montes de Oca).
Detengámonos a contemplar este mito: por un lado, todos estamos invitados a
imaginar que un enjambre se posa en la boca de un niño y forma un panal. La
cual es una imagen que nos causa miedo o repugnancia, dada nuestra relación
actual con las abejas. También es una imagen de la que podemos dudar, pues es increíble
que los padres y tutores del joven Píndaro fueran tan elevados que no se dieran
cuenta sino hasta que el panal ya diera dulcísima miel en las fauces de su bendición.
Para contemplar este tipo de referencias biográficas que parecen de ficción
debemos recordar lo que significaban los símbolos para las personas en su
tiempo; por ejemplo, las abejas para los griegos. Se trata de pueblos que producen
miel desde épocas inmemoriales y la colmena es, en sí, una metáfora del templo.
El templo es de miel y, en la boca de un niño, esa colmena no sólo presagia la
dulzura de su canto, sino que su canto será sagrado. Por otro lado, los mitógrafos
nos dicen que las abejas llevaron a los helenos a la victoria contra los persas
cuando se daban por perdidos. Tan profundo y oscuro es el sentido de este símbolo
en la biografía de Píndaro.

Lo cual
corresponde a otros datos, como que era sumamente devoto, sobre todo de Rea,
Pan y Apolos. Cuentan que su habitación en Tebas quedaba al lado del templo de Rea
y fue tan respetado por sus contemporáneos que cuando los Lacedemonios tomaron
la ciudad sólo dejaron su casa en pie. También Alejandro Magno respetó la casa
de Píndaro cuando arrasó con la ciudad. La hospitalidad era un valor sagrado:
el extranjero portaba dioses que había que temer y por eso debían ofrecerle comida,
bebida y alojamiento antes de preguntarle quién era. El único de los tebanos
que fuera invitado a los sacrificios de Apolo, a su banquete sagrado, fue
Píndaro; dicen que, incluso, la sacerdotisa de Delfos le asignó la mitad de las
primicias del templo. Esto nos puede resultar chocante ahora, pues nos fastidia
pensar que la religión y que los poetas trabajen por dinero. Pero no era
chocante en su época: en la antigüedad los templos se erigían para favorecer el
comercio y los poemas se escribían para alcanzar la fama, pero también por
dinero. Sucedía así también con el atletismo.

 

Me atrevo a
lanzar la hipótesis de que uno de los motivos por los que Píndaro no ganaba en
los certámenes es porque su poesía es oscura y compleja. El Nobel se le asigna
a un Faulkner, no a un Joyce; a Vargas Llosa, no a Borges. Analicemos un par de
fragmentos de sus poemas para que tengamos una idea de cuáles son lo valores
olímpicos a los que cantaba Píndaro. Pensemos, a la vez, cómo puede servirnos
de ejemplo a la hora de escribir. Como era habitual, el poeta inicia con un
llamado a las musas que, al vivir en el monte Olimpo, son espíritus que
participan de los torneos. Otro recurso es invocar a las constelaciones; dice
el escritor Alejandro Dolina que en la antigüedad la bóveda celeste era oscura,
hasta que los griegos le lanzaron sus mitos en forma de estrellas para ayudarse
a interpretar la existencia. Esto demuestra la religiosidad y devoción del bardo
de Tebas, quien nos enseña que toda acción debe estar precedida por una invocación
a los dioses.

 

“…De los divos
Jinetes

Adornan con
fervor los santüarios,

Y sagrados
banquetes

Les ofrecen,
cual nadie hospitalarios.

Teniéndolos
propicios

Sin cesar, con
solemnes sacrificios.

Si el agua es la
primera

De los cuatro
elementos primordiales,

Y si el oro
supera

En esplendor á
todos los metales,

¿Quién disputar
podría

Al valor de
Terón la primacía?

Desde Sicilia
llega

A las Columnas
de Hércules

su nombre ¡Musa!

Tus alas plega:

Avanzar más allá
no puede el hombre,

Y la barrera en
vano

Pretender á
saltar, cuerdo ó insano…”

Píndaro, Odas
olímpicas, III

 

Para hablar del
triunfo del atleta se refiere al sol que en la llama olímpica tiene un
significado religioso y mistérico. Recordemos que Prometeo fue encadenado por
darnos el fuego, cuyo significado es y no es a la vez el del fuego. Podemos
suponer que Píndaro no únicamente participó de los banquetes sagrados de Apolo,
sino también de otros rituales de iniciación de los que estaba estrictamente
prohibido hablar so pena de muerte, motivo por el cual nosotros también
callaremos. Que un poeta de Tebas cante sobre Sicilia y las Columnas de
Gibraltar con tanta propiedad nos da entender su basto conocimiento sobre su
mundo y su tiempo.

 

“…¿No
ves, ¡oh Musa!, en la celeste altura
Que en medio al solitario firmamento
Ninguna estrella como el sol fulgura?
Si celebrar victorias es tu intento
A la Olímpica lid lleva tu lira;
Que otra no habrá más digna de tu acento.
Ella a los vates el cantar inspira…”
Píndaro, Odas Olímpicas, I

 

Otro recurso es
el de hacer de su poema parte de la hazaña olímpica. Tras el afán agonístico de
los griegos hay una búsqueda atávica del ser humano: la trascendencia. No se
trata únicamente de ser el mejor sino de ser recordado como el mejor por
siempre. Recordemos que Aquiles tuvo la oportunidad de vivir hasta viejo sin
problemas, pero eligió morir joven en Troya para nunca ser olvidado: ese es el
ejemplo de los helenos. No se trata de ganar en el pancrasio, que es como
llamaban a sus artes marciales mixtas, sólo por las dracmas para comprar un
viñedo, lo que les interesa sobre todo es ser recordados. Por eso Homero se
preocupó tanto en memorizar los apellidos de los héroes que viajaban en infinitos
barcos rumbo a Troya: para que, cuando en el futuro escucharan a un aeda
recitar La Ilíada, los griegos sintieran piedad y orgullo al oír el nombre de
sus antepasados. Ser casi como un dios, sufrir la apoteosis, o sea ascender al nivel
de los inmortales, tal es el deseo del atleta, del guerrero, del poeta, del filósofo,
del artista. Píndaro celebra a los campeones olímpicos y a su descendientes
como a divinidades, pues han sido coronados con la rama dorada.  

 

“…Feliz aquel
valiente

En cuyas sienes
brilla la corona

De oliva
refulgente…

Trajo de las umbrosas

Fuentes del
Istro, de Hércules la diestra,

Sus ramas
olorosas,

Para ser en la
Olímpica palestra

Del combate
incrüento,

El más
esplendoroso monumento…”

Píndaro, Odas
Olímpicas, III

 

“¡Oh vencedor
Olímpico,

Señor de mil
corceles!

Endulcen tus laureles

Y tus hijos, tu
larga senectud.

Y a sólo de los
Númenes

Falta subir al
coro,

Al que á
montones de oro

Une renombre, y
tierras, y salud…”

Píndaro, Odas
Olímpicas, V

 

Quiero cantar la
gloria

De la ciudad
famosa de Agrigento

Y la feliz
victoria

Que de sus
potros, émulos del viento,

La infatigable
planta,

A Terón trajo,
desde Olimpia santa.

Píndaro, Odas
Olímpicas, III

 

“…Los
quinquenales juegos

Del sacro Alfeo
a la divina cuna

Llamábanlo, y
los fuegos

A su padre
encendidos: ya la luna,

Pupila de la
noche,

Llena brillaba
en su dorado coche…”

Píndaro, Odas
Olímpicas, III

 

A la luz, al
fuego, al oro, a la miel, a la rama dorada. La acumulación de imágenes
lumínicas nos habla de una adoración que los cristianos demonizaran por
luciferina pero que, en la visión pagana del mundo, nos presenta una
civilización vitalista, como enseña Nietzsche. Es probable que en su época
también fueran criticados el pugilato y la lucha, dado que Píndaro se esfuerza
en decir que los combates son esplendorosos porque no son sacrificios de sangre. 
Píndaro es un ejemplo de que la historia no la
escriben los vencedores sino los historiadores: siempre perdió en los
certámenes de poesía, pero es a él a quien recordamos. Sin embargo, existe una referencia
de un triunfo sobre Mirtis, maestra de Corina. Quiero creer que la derrota le
ayudó a formar su espiritualidad.
 Para terminar y poner en práctica las enseñanzas del bardo tebano a quien los
atenienses le levantaran una estatua, quiero agradecer a las musas, las
inmortales, que desde lo alto del Olimpo nos regalan sus dulces voces y alguna
vez acudieran a la invocación de un mortal para que cantara:

 

“…Es de mil
modos el mortal brillante:

La regia
dignidad es la suprema;

No aspires a
pasar más adelante.

Conserva hasta
la muerte la diadema:

Cual la
presente, espléndidas victorias

A mis cánticos
den sublime tema.

Y admire Grecia
por doquier mis glorias…”

Píndaro, Odas
olímpicas, I

 

 

A
mi papá

Y
su Taller de Oratoria Olímpica

Silvio
Bolaño Robledo

 

-ODAS,Píndaro. Traducción y notas de D. Ignacio Montes de Oca. Luis Navarro Editor, Madrid,1883.   

 

Busto de Píndaro

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